Sunday, April 03, 2011

La paz que tanto añoramos



Este artículo fue publicado originalmente en la revista Este País, en Marzo del 2011.

En 1999 me dio un dolor de cabeza tan grave que perdí la conciencia. Pase dos años usando y quizás abusando de fármacos diseñados para adormecer los sentidos y anular el dolor. Me entumí. Sin embargo, aunque el dolor no estaba presente, otros síntomas comenzaron a manifestarse como clara señal de la corrosión de mi cuerpo. Se me comenzó a caer el cabello a puñaladas, mi audición gradualmente desvanecía, comencé a perder la vista, comencé a caminar con el apoyo de un bastón y, finalmente acabé en silla de ruedas. Ya en esta etapa, decidí acudir a doctores para encontrar el origen de mi malestar. Pase otros dos años en esta búsqueda. Finalmente fue detectada una malformación arterio - venosa en mis cervicales, una hemorragia pequeña, latente pero letal. Tras un complejo y agresivo tratamiento y una aun más compleja y agresiva operación el problema fue resuelto. Sufrí daños irreparables de los cuales sigo padeciendo, pero encontré la paz.

Hay un tipo de paz que solo se puede lograr después del conflicto y el combate. En México no entendemos esto. Hay voces, cada día en aumento, tanto en el gobierno como en la sociedad civil, que quisieran dar la guerra en contra del crimen organizado como “causa perdida”. Son los que abogan por la negociación con los delincuentes, con la desmilitarización inmediata de las operaciones, abogan por negación de una dolorosa realidad.

Estas voces, por bien intencionadas que resulten, buscan evitar, a cualquier costo, la necesidad de la confrontación. Se opacan ante el bully del crimen organizado, prefieren declarar la guerra a un oponente menos intimidante y más restringido, como el gobierno federal o las fuerzas armadas. Dicen, de manera simplista, que la solución mágica a esta problemática es la legalización de las drogas, como si de un día para otro los cárteles se volverían empresas socialmente responsables. Acusan faltas a la soberanía nacional por solicitar ayuda en esta lucha a nuestros aliados y corresponsables. Buscan, como yo lo llegue a hacer, entumir el dolor en vez de buscar y tratar la causa. Se dicen activistas de la paz, pero lo que realmente buscan es la vuelta a un nostálgico estatus quo del pasado.



No se puede curar una malformación arterio -venosa con aspirinas y morfina, el dolor quizás se controle, pero bajo los tejidos de la piel, la enfermedad avanza y lo único que se logra al seguir por esta ruta, es desperdiciar el tiempo.

Edward Said en su ensayo “On lost causes “(Sobre las causas perdidas), argumentaba que la vocación intelectual no debe ser deshabilitada por un sentido paralizador de la impotencia política, ni debe ser impulsada por un optimismo ilusorio y sin razonamiento. Tomando esto en cuenta, resulta necesario también criticar la narrativa presentada a la sociedad de aquellos actores que abogan a favor de este emprendimiento. La campaña triunfalista que diariamente escuchamos a través de medios y pronunciamientos es otra forma de negar la situación actual. Si bien, unos intentan de manera simplista entumir el dolor, los otros, intentan decirnos que este ni siquiera existe, por que la batalla la estamos ganando.

Es preciso y urgente que nuestros líderes nos den un diagnóstico real, que nos ayuden a aglutinar la fuerza y el temple necesario para vivir con la esperanza de vencer. La paz que tanto añoramos los mexicanos, ni está a la vuelta de la esquina, ni es realizable de manera inmediata, pero si existe, es alcanzable; pero hay que luchar por ella con la misma ferocidad y determinación que aquellos que buscan negárnosla. Como bien decía Alfred Lord Tennyson en las últimas estrofas de su poema Ulises:

Aunque mucho se nos ha restado, mucho aún nos queda
No somos aquella fuerza que en los viejos tiempos
Movía la tierra y el cielo, somos lo que somos
Un espíritu ecuánime de corazones heroicos,
Debilitado por el tiempo y el destino, pero fuerte en su convicción
Para luchar, buscar, encontrar y no ceder.
(Traducción del autor)

Lo repito. Hay un tipo de paz que solo se puede lograr después del conflicto y el combate. Yo lo sé. Lo saben los alcohólicos en recuperación. Lo sabe el pueblo egipcio. Lo está aprendiendo el pueblo Libio. Lo tiene que aprender México.

Saturday, February 26, 2011

Arrebato

Gustavo De la Olla Martinez estaba estancado. De haber sido un joven promisorio; capaz de soñar, inventar y amar profundamente, se volvió un ser lánguido y latente. En vez de jugar a los bolos y escalar montañas, se conformaba con ir al gimnasio 3 veces por semana en episodios de 90 minutos cada vez. Aventura para él, era jugar el melate y esperar aquellos momentos de suspenso antes de ver si sus números eran los ganadores. Nunca ganó. Siempre jugaba. Siempre que perdía sentía una pequeña decepción, como si la vida le estuviera robando algo, o más bien que le debía algo.

No soñaba, pero si deseaba. Cada vez que paseaba por plazas públicas y veía a jipiosos de greñas largas suspiraba. Deseos de libertad. Pero había hipoteca que pagar. Vivía esclavizado por la comodidad de un departamento de 90 m2 en una zona chic. El jipi seguro no tenia eso, se decía; pero al verlo boqueándose con una greñuda enguarachada a medio parque, entre globeros y ambulantes, no dejaba de sentir un poco de celos. Su único consuelo, es que él trabajaba para su familia… que aun no tenía, pero que seguramente un día se lo agradecería.

Gustavo era un muchacho propio. Su cabello raramente tocaba sus orejas o el cuello de su camisa. Sus uñas cortas y limpias, zapatos boleados, tennis recién salidos de la lavadora. Se había comprado recientemente un aparato para eliminar bellos de su nariz. Cuando lo usaba le dolía como la chingada. Le causaba fuertes lapsos de estornudos que dejaban su abdomen adolorido y su espalda encorvada. Esto lo hacia una vez por semana, en las últimas horas de cada domingo para llegar de manera presentable el lunes a su oficina.

Hace poco, debido a un agudo dolor de espalda, un doctor le había detectado una cadera desviada. La causa de esto se debía a que su pierna derecha era ligeramente más larga que su pierna izquierda. La diferencia era tan sutil que ni él, ni nadie jamás se habían percatado. Lo irónico de todo esto, es que esta malformación se había intensificado por el grosor de su cartera. En ella, tenía cuatro tarjeta de crédito, las identificaciones de un ciudadano responsable, varias credenciales de membrecía a diversos establecimientos de consumo y una cantidad respetable, más no opulenta o vulgar de efectivo. La vida le había dado una cartera maciza que era incompatible con él.

No cambio su hábito de cargar cartera. Cambio, ligeramente los contenidos. Intento usarla en una bolsa frontal de su pantalón, donde regularmente cargaba mentas para el aliento, pero esto no funcionó. Prefirió amortiguar su dolor con pastillas. Pastillas que cargaba dentro de su cartera, en la bolsa derecha trasera de su pantalón.

Todo cambió un día cuando la conoció, y de Gustavo nunca se volvió a escuchar. A ella, la veían a cada rato.

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Friday, January 14, 2011

La chica del camión.

Nunca, nunca, nunca.

Nunca, güera, nunca.

Güera, nunca, güera.

Mía, güera, nunca.

Tuyo, güera, siempre.